Tic-Tac-Tic-Tac.
Comenzaba a retrasarse. No se impacientaría, al fin y al
cabo estaba más que acostumbrada a su falta de puntualidad. Lo que no sabía era
porqué a pesar de ello todavía seguía llegando puntual a todas y cada una de
sus citas. Volvió a echar un vistazo al gran reloj de pared. Marcaba las dos
menos veinte. Suspiró.
Podría haberle estado esperando durante horas, días, años…
sí, definitivamente podría haberle esperado toda una eternidad. Era tan
perfecto en sus detalles, tan meticuloso en cada una de sus acciones que
bastaba con tan solo una de sus miradas para hacer que una sacudida le
recorriese por dentro.
Observó cómo sacaba un cigarrillo del paquete y lo encendía
con aquel Zippo tan anticuado. Le encantaba el característico olor que desprendía
su mechero. Tenían que hablar de muchas cosas, demasiadas, pero los problemas y
preocupaciones que le habían estado rondando la cabeza se veían relegadas a un
segundo plano cuando él dejaba escapar el humo con parsimonia, formando volutas
que ascendían hasta el techo.
Se había encariñado demasiado pronto con aquel hombre, pero
había tenido que esperar lo inimaginable hasta que la reciprocidad fuese algo
tangible. Le amaba. A él y a sus defectos. Con el tiempo había aprendido a
quererle tal y como era. Veía virtudes en sus defectos, y defectos en sus
virtudes. Intentaba equilibrar su balanza emocional mediante besos y abrazos.
No. No estropearía aquel momento con charlas sobre estrategias.
Los planes y juegos de guerra en los que él evitaba a toda cosa que se viese
involucrada tendrían que esperar. Se acercó un par de pasos, caminando
sinuosamente hasta donde se encontraba y le rodeó con uno de sus brazos – Te estaba
esperando.
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