Otoño. Las ojas caen. Johny Cash vuelve a rasgar sus cuerdas.
A veces llueve. El té humea de nuevo sobre la mesa.
Me gusta calentar las manos al sostener la taza, quejarme cuando las gafas se me empañan.
Adoro cerrar los ojos y dejar que sea la música la que me mezca.
Los libros se amontonan, y ahora las historias se cuentan por cientos.
Conozco a más personas de las que desearía.
Sigo refugiándome en otros tiempos, en otras calles, en otras ciudades.
En otras sonrisas.
No importa caer. O sí. Pero es recomendable tener una escalera a mano.
Una lista de cosas por hacer, unas ganas horribles de comerse la vida.
También unas ansias de venganza dignas de un Dios.
Y bailar como si fueses Cenicienta, algo más entrada en años y con
unos tacones que no los querrías ni regalados.
Hay cosas que no cambian.
Yo soy una de ellas.