martes, 5 de junio de 2018

ODA A LA CHICA DE LA ORILLA.


Es sencillo reconocer a alguien roto. No hay perros, no hay acompañantes, solo la arena. Y tu. Sentadas frente al mar, intentando hacer encajar las piezas de un rompecabezas que se nos viene demasiado grande. Ya apenas queda nadie por el paseo, y la playa estaría completamente desierta de no ser por tu figura. El vaivén de las olas ejerce de banda sonora mientras intentas recordar cómo se respira. Puede parecer sencillo, pero hay veces en las que una se olvida de coger aire. Apuesto a que te sientes diminuta, tan diminuta como yo. ¿Cuanto tiempo ha pasado? ¿Media hora? Quizás algo más, y ahí seguimos. Dos perfectas desconocidas. Al contrario que yo decidiste bajar hasta la arena. La verdad es que, como diría Anakin "I don't like sand". Pero tú si. Me hubiese acercado hasta allí a preguntarte cómo te encontrabas, porque por muy jodida que esté si hay algo que no puedo evitar es preocuparme por los demás, pero me imaginé tantos escenarios en mi cabeza en los que me mirabas con desdén que descarté todos y cada uno de ellos. Somos diferentes. Y lo sabemos. Por eso desaparecemos bajo un manto estrellado, y ahí nos perdemos en nuestros pensamientos, o mejor dicho: los muteamos. Se trata de una pausa, una coma, una cesura. De un "suficiente". Suficiente por hoy. Suficiente día. Suficiente mundo. Suficiente todo. 

Ojalá la vida te sonría a ti, chica de la orilla, y jamás nos volvamos a encontrar bañadas por la salitre.