jueves, 11 de abril de 2013
NIGHTMARES
Cerró sus ojos, y fue entonces cuando vio una proyección de si misma. Exhausta y notablemente desaliñada miró hacia atrás. No venía nadie. Todo un alivio teniendo en cuenta que llevaba más de dos horas escapando de aquellas figuras sin rostro. Le aterrorizaban. Era el tipo de pánico irracional que experimentan los niños cuando se quedan a oscuras. Sabía que se estaban aproximando, y que no contaba con demasiado tiempo antes de que la encontrasen. Se dejó caer de rodillas sobre la tierra mojada y comenzó a escarbar con desespero.
Se sobresaltó cuando escuchó una voz femenina a sus espaldas. Tragó saliva. La habían descubierto. Se giró lentamente, pensando un plan de actuación. Tenía armas, pero ellos también, y de un calibre superior. De nuevo el miedo se estaba apoderando de ella. Deseaba que la metralla no atravesase su cuerpo tan pronto como abriese la boca, era demasiado joven para morir. La luz de la linterna le cegó parcialmente, impidiendo que viese el rostro de la mujer. Estaban solas. Poco a poco sus pupilas volvieron al tamaño habitual, y a medida que éstas se hacían más grandes, pudo reconocer rasgos que le resultaban conocidos, facciones que en otra época hubiera podido dibujar sin que le temblase el pulso demasiado.
-Tu...-dijo boquiabierta - creía que estabas...
-¿Muerta? -esbozó una sonrisa de medio lado - no, querida, eso es lo que te han hecho creer.
Conservaba su cabello blanco tal y como lo recordaba , sus mismos ojos, sus mismas manos arrugadas por el paso del tiempo...incluso las gafas de media luna que había llevado durante sus últimos años de vida. Parecía increíble que estuviese frente a ella. Se veía tan tangible, tan jodidamente real. No cabía duda de que era ella. Hasta su perfume la delataba. Poco a poco se fue incorporando con dificultad. Aquellos días de persecución habían hecho mella en ella. Contaba con un par de heridas poco profundas, pero el dolor se le hacía insoportable al no haber podido esterilizarlas como era debido al haber perdido su botiquín de mano.
Avanzó un paso hacia la mujer. Cojeaba. Dio otro paso más. No le importaba en absoluto que ella estuviese impoluta, quería abrazarla. Y digo quería, porque tan pronto como la intentó rodear con sus brazos su realidad se deshizo en volutas de humo. Había desaparecido. Cuando el humo se despejó pudo ver en su propio pecho un puntito rojo diminuto que le apuntaba directamente al corazón. Trató de seguir la estela para descubrir la ubicación del que sería su asesino, pero fue demasiado tarde.
Vacío.
De pronto se despertó, respirando agitadamente, empapada en sudor. Había sido una pesadilla. Su cerebro se había dedicado a desenterrar a los muertos durante toda la noche, y de paso a enterrar a algún que otro vivo.
Aquella iba a ser una mañana dura.
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